El pasado fin de semana hice un viaje relámpago a Albufeira. Fuimos sin hotel y sin muchas esperanzas de encontrar uno. Eso nos dejaba dos alternativas mutuamente excluyentes: o dormíamos en la playa, cosa no muy agradable o nos regresábamos una vez finalizada la noche. Al final ocurrió lo segundo.
Me sorprendió la playa de Albufeira por lo distinto de su composición. En Huelva estoy mas acostumbrado a ver más turismo de fiambrera: familias enteras compartiendo un día de playa, con abuela incluida y niños guardando las dos horas de digestión reglamentaria. Sin embargo, a 100 km de aquí, un turismo internacional daba color a una playa mal equipada y desprovista de servicios mínimos, una sola ducha y estropeada.
La noche era bien distinta. Preparada para el turista extranjero con bares y restaurantes con música en directo, pantallas planas con los partidos de la Bundesliga y la Premier League y un surtido de discotecas que quitaba el sentio.
No podía evitar comparar las playas y las zonas turísticas de Huelva con las del Algarve. Aquí apenas veo a un puñado de turistas extranjeros. Qué tendríamos que hacer para que se desarrolle un turismo de calidad sin necesidad de acometer estupideces como esta, o estas.

